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Oct
14th
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Richard Stallman: el caso Jobs.

Steve Jobs, el inventor de la computadora convertida en una cárcel copada, diseñada para cortarle a los tontos su libertad, ha muerto.

Con ésta frase directa y concisa Richard Stallman se despachó sobre la muerte del gran referente del mercado tecnológico, Steve Jobs. Más adelante hizo propia la cita del ex alcalde de Nueva York, Harold Washington, al decir que “no me agrada que esté muerto, pero sí que se haya ido”.

Este comentario ha suscitado las más airadas críticas de los mismos partidarios del software libre, que incluso llegaron a amenazar con separarse de la Free Software Foundation para tomar un rumbo propio, sobre todo destacando lo mal que estuvo Stallman en su comunicado acerca de Jobs.

No faltaron tampoco comentarios conciliadores y posturas de marcada tibieza, y es por eso que viene al caso marcar una posición y analizar los principios detrás de cada una de las voces implicadas

En primer lugar el derecho de opinión de Richard Stallman. Eso no puede ponerse en tela de juicio. Todos tenemos una opinión, y todos debemos expresarla. Es verdad que Stallman es la cara visible y el líder del movimiento del software libre, pero la opinión vertida no fue usando los medios oficiales de la Fundación, sino su propia página personal.

Muchos hablarán del morbo alrededor de la muerte, o de la falta de respeto hacia los deudos. Es típico de sociedades supersticiosas crear un halo de respeto y cuidado alrededor de la muerte. No creo que Stallman haya querido capitalizar ese respeto, pero el golpe mediático fue inmediato: voces de piedad se horrorizan de quien hizo leña del árbol caído, que además no está para defenderse.

Y fue justamente este respeto y cuidado lo que apartó de vista el problema principal: el uso del software y del capital digital como un derecho humano consciente, libre y responsable.

Comparemos el capital digital con su referente anterior, el libro. Un libro se puedo leer, subrayar, extraer citas, deducir su estructura. Incluso corregir. Y más que nada se puede compartir, leer con otras personas, dejarlo liberado en una plaza para que siga un ciclo de lecturas…

El software libre nos viene a abrir los ojos respecto a esa realidad. Si el libro es el soporte de las letras, la comunicación y la cultura, el software en general, y toda la organización digital de los contenidos son una manera de ampliar ese soporte. Los bits son cultura, y como tal no puede cerrarse sin morir en el proceso.

No es una cuestión de generar o no ingresos (los libros representan un mercado, tal vez el más importante de la modernidad en cuanto a alcance). Lo que los libros no pueden hacer es quedar guardados sin que eso suponga su extinción. Todos los estados nacionales invierten gran parte de su presupuesto en la educación y la alfabetización. Esa es la única manera de hacer de los libros parte de la cultura viva. Imponer restricciones para el acceso a los libros sería impensable para una sociedad madura. Y es eso justamente el legado de Steve Jobs: el uso mezquino del acceso al capital digital, la prohibición de compartir, la venta de espejitos de colores bonitos que pueden ser venerados y adorados, pero no comprendidos.

Richard Stallman puede tener una postura extrema, como la de todo utópico. Pero en esta cuestión fue justo y directo. La lucha recién empieza. El legado de Jobs consiste en una legión de abogados torciendo leyes por un puñado de billetes (en realidad, un gran puñado), generando un sistema de apropiación de ideas amparado en derechos dudosos que terminan convertidos en patentes de invención de intangibles. Algo pensado para defender derechos, se convierte en el arma de una batalla para eliminar al pequeño diseñador de interfaces o absorberlo en la gran corporación.

Por nuestra parte, debemos asumir la defensa del capital digital desde el lugar que nos ocupe. Ya sea con la denuncia y el boicot, o simplemente dejando de consumir aquellos sistemas, plataformas o dispositivos que sean una restricción de nuestros derechos básicos a la información y la opinión.