17th
La tengo más grande
(Falicismo en la arquitectura contemporánea.)

Con la invención del ascensor al comienzo del siglo XX, el límite de altura de los edificios se disparó irremediablemente. Sin embargo, ni el alto precio de las tierras en zonas de alta densidad poblacional, ni la seguridad que ofrecen estas moles verticales justifican totalmente tales emprendimientos.
Muy por el contrario, un rascacielos remite no a un futuro de progreso ilimitado, sino más bien a un pasado totémico centrado en la función sexual tal como la establece la sociedad patriarcal: el falo como eje de la creación (como lo es de la procreación en esas sociedades) y como sustento “fuerte” de las instituciones y sus modos de producción.
La cultura falocéntrica entiende la solidez e imperturbabilidad como fuentes de poder, generalmente las más importantes. Y esto lo expresa en símbolos de prominencia: los edificios públicos, las iglesias, las casas de las clases dominantes… de alguna manera buscan sobresalir por sobre las demás construcciones, erguidos por encima del follaje cual miembro viril erecto y amenazante. No es casualidad que en la ciudad de Washington hayan leyes explícitas que prohiben construir a alturas que compitan con los edificios públicos, como era de esperarse de la capital de un país que no disimula sus intenciones de dominio.
En la foto: el edificio Baruj Dubai, que se yergue a unos vertiginosos 800 metros por sobre las arenas de los Emiratos Árabes. Un símbolo del poderío petrolero que penetra impúdicamente el cielo de las noches arábigas para demostrar la preponderancia de los hidrocarburos en la cultura del siglo XXI.
Imagen: Eric Demay.